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Archive for 30 mayo 2009

En una encuestra del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se preguntó a los ciudadanos la capacidad de ensoñación que evocan los políticos. En concreto, la pregunta se formuló en los siguientes términos: ¿en el último tiempo ha escuchado hablar a algún personaje público que le haya hecho soñar con un país mejor?. Un 29% respondió que sí; un 69% dijo que no y un 2% NS/NR . Es duro constatar que más de dos tercios de los encuestados consideren que jamás han escuchado algún político que les haya hecho soñar. Según los encuestados el liderazgo político no remite a ningún sueño, ni a nada similar que permita pensar en un futuro distinto al presente. La política aparece apegada a la realidad sin ninguna proyección que evoque un futuro diferente capaz de ensoñar. La referencia a los sueños no debe considerarse como una ilusión. Todo lo contrario. Las personas encuestadas abordan el tema de los sueños políticos seriamente, sin ninguna fuga o espejismo de la realidad. El sueño se concibe como plasmación de un futuro deseado, nada más.

 El sueño político surge como expresión de las aspiraciones colectivas. Este sueño se convierte, cuando existe, en la guía que conduce el progreso político y gobierna los procesos de cambio. Solo es posible el cambio cuando se ha soñado un futuro deseado. De acuerdo con la encuesta del PNUD la ensoñación política está muy bien valorado por las personas.

En la encuesta del PNUD un 78% de personas consideraron que los sueños eran alcanzables, mientras que un 21% creían que no. Por su parte, un 74% de las personas consideraban que soñar ayuda a conseguir los objetivos, mientras que el 24% cree que soñar no sirve para nada. El 92% de las personas creen que es bueno soñar en todas las etapas de la vida y el 84% consideran que en los tiempos que vivimos es necesario soñar para poder enfrentar mejor el futuro.

 Sin sueño no es posible la política. ¿Quién ayuda a crear los sueños?

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Los expertos describen y denominan la actual situación como una caso de desafección política . El problema de la desafección política puede describirse como el sentimiento subjetivo de falta de confianza en el proceso político, políticos e instituciones democráticas cuyo resultado más evidente es el distanciamiento y la alineación, aunque nada de esto cuestione la legitimidad del régimen político. La desafección expresa la desconfianza que los ciudadanos tienen con las instituciones políticas porque las consideran insensibles a sus necesidades y además, se sienten incapaces de entender la lógica interna de la política.

Como resultado de todo ello se tiene la sensación de que la democracia ha perdido calidad. Se percibe que la democracia se sustenta sobre un conjunto de formalismos que no logran captar la atención de los ciudadanos. Se dice que la democracia ha perdido impulso cívico. De tal manera que cada vez es mayor la brecha que separa las instituciones políticas de los ciudadanos.

Algunos síntomas de la desafección política son: extensión de una conciencia social contraria a los partidos políticos y un desinterés hacia las formas tradicionales de representación política; suave e irregular descenso de la participación electoral; baja significativa de la afiliación política; cuestionamiento de la capacidad de los partidos tradicionales de conseguir la representación política y descenso significativo de los sentimientos de identificación partidista. Junto estos fenómenos, los cuales cuestionan el marco tradicional de la política, surgen nuevos actores políticos y nuevas formas de representación política muy alejadas de las tradicionales. Todo ello hace que se reconfigure un nuevo marco para la acción política.

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Las encuestas de opinión revelan que muchos ciudadanos tienen la sensación que la democracia ha perdido fuelle. Se considera que la democracia está, en cierta medida, secuestrada por los partidos. Los partidos monopolizan la acción política. Parece que fuera de los partidos políticos no existe espacio para la participación política. Los cargos públicos están más condicionados por sus organizaciones políticas, que por los mandatos de los ciudadanos o sus electores como resultado del modelo de sistema electoral y del peso de los aparatos o direcciones de los partidos. Los diputados son escogidos por los ciudadanos pero, realmente han sido los aparatos de los partidos quienes han decido quienes están en las listas electorales. El propio funcionamiento parlamentario relega los diputados a un papel subordinado a las respectivas  maquinarias partidistas. La retórica parlamentaria y la persuasión ha sido substituidas por la lectura continua de discursos escritos por asesores políticos. En lugar de relatos, se leen telepronters.

Esta situación convierte al ciudadano en un simple consumidor de un producto de marketing político que sustituye el debate ideológico por la propaganda electoral. La proximidad de las elecciones incrementa la confrontación partidista, los debates escasean y la arena política se llena de muchos ataques y pocas propuestas. Ante la ausencia de propuestas, los candidatos buscan descalificar al adversario en el terreno de los principios e ideales. Es frecuente encontrar que algunos candidatos afirmen de su oponente: “ha renunciado a sus convicciones y a sus principios por un poquito de poder”. Algunos partidos políticos, tras un calculado análisis, han creído que las estrategias electorales ganadoras debían fundamentarse en la bronca tosca y en la la confrontación crispada. Para los estrategas electorales resultaba primordial situar preferentemente en el eje de la campaña la descalificación del adversario antes que buscar la identificación del electorado con sus propuestas. En lugar de convencer a nuevos votantes, algunas opciones estratégicas se contentaban en promover la agitación y el enfado, dejando la reflexión y el contraste de ideas para otra ocasión.

El voto ya no está asociado a la decisión entre alternativas o propuestas, sino al grado de impacto que consigan los mensajes electorales. A esta situación hay que sumarle el hecho que las formas plebiscitarias restringen la auténtica participación democrática porque confrontan el electorado, por lo general fragmentado y disperso, con las decisiones del gobierno diseminadas por unos medios de comunicación controlados. Se ha perdido la visión de que un objetivo de la democracia es aumentar el número de instancias en las que se decide democráticamente.

En los últimos años ha ido también aumentando progresivamente la desconfianza de la ciudadanía sobre como el estamento político atiende los asuntos de la gobernabilidad. Las encuestas de opinión manifiestan que los ciudadanos creen que los gobiernos y sus administraciones no resuelven sus problemas. Esta crisis de pérdida de confianza con el gobierno, que se expresa de muchas maneras, encuentra sus máximas manifestaciones en el desapego hacia la política y los  políticos manifestada por muchos ciudadanos a través de la abstención electoral o el progresivo distanciamiento del espacio político tradicional como espacio útil para los intereses encontrados.

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En una interesante conferencia de Dolors Reig, dentro del Programa Compartim que coordina Jesús Martínez desde el Centro de Estudios Jurídicos y Formación Especializada del Departament de Justícia de la Generalitat de Catalunya, sobre dinamización de comunidades online se han comentado algunas ideas sobre la complejidad de la información que han sido evocación de nuevas reflexiones. Dice Dolors Reig que el crecimiento exponencial de la información existente en la red provoca el crecimiento exponencial del conocimiento. ¿Hasta donde? ¿Cuáles son los límites? ¿Estamos preparado para asumir tanto conocimiento?.

Estas preguntas sugieren nuevas cuestiones: ¿será capaz la estructura cognitiva del ser humano de asimilar este nuevo conocimiento? ¿Está terminada la evolución estructural del cerebro? ¿De que modo esta estructura asume los nuevos conocimientos?.

En este año que se conmemora el bicentario del nacimiento de Darwin estas preguntas invitan a pensar en otro biológo, menos conocido, pero autor de una peculiar teoría evolutiva: Jean-Baptiste Lamarck. El lamarquismo considera que el desarrollo de los órganos, su funcionalidad, condicionan su evolución. Sin embargo el darwinismo descansa más en la suerte del azar para producir aquel cambio que permite una mejor adaptación. Curiosamente, otras teorías de Lamark, por ejemplo, la complejidad creciente de los seres vivientes, resultan hoy útiles para comprender la complejidad de la sociedad. Por su parte, la adaptación darwiniana permite entender como en esta complejidad emergen los cambios y las innovaciones. En todo este embrollo, ¿que hacemos con el conocimiento?, ¿nos hará aumentar el cerebro? o ¿starán mejor adaptados quienes desarrollen mejores conexiones neuronales?.

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Los analistas políticos comentan que uno de los problemas recientes más graves de las democracias avanzadas es la consolidación de un desinterés de los ciudadanos por la política, acompañado de unas actitudes cínicas y desconfiadas hacia todo lo que es política. Ello se traduce en desinterés, desconfianza y reprobación de las instituciones de representación política por parte de sus representados, que se manifiesta, en algunos casos, en un importante descenso de la participación política.

 

A lo largo de estos últimos años ha empeorado la percepción ciudadana sobre sus gobiernos y las Administraciones Públicas. Poco a poco se ha extendido entre los ciudadanos la conciencia de que los gobiernos y sus administraciones, no sólo tenía dificultades para comprender y atender sus necesidades sino que, además, eran incapaces de prestar nuevos servicios públicos con calidad y aceptables niveles de eficiencia. Los ciudadanos perciben que el sistema político es incapaz de satisfacer sus necesidades, cada vez más complejas y diversificadas. Los canales de participación política no permiten encuadrar las demandas de los ciudadanos y se muestran limitados para defender sus intereses. Las encuestas de opinión manifiestan que los ciudadanos perciben que el sector público es menos eficiente, globalmente, que el privado. Ante esta situación se corre el riesgo de una pérdida grave de confianza en las instituciones. Una parte de la sociedad se puede considerar ahora que la democracia no es asunto suyo, sino sólo de unos pocos. Hoy se asiste a una progresiva pérdida de confianza de los ciudadanos sobre el papel que pueden desarrollar los gobiernos y sus administraciones públicas en el futuro. Hay una crisis de expectativas hacia el sector público, se duda de los dirigentes políticos. Pocas personas confían que la clase dirigente sea capaz de resolver las incertidumbres que alumbra el futuro; incluso se llega  a dudar que exista algo más allá del presente.

 

Mientras la sociedad se vuelve más abierta e interrelacionada se tiene la sensación que los gobiernos y sus gobernantes andan desconcertados por los profundos cambios sociales de este inicio de siglo. Es muy frecuente ver como la sociedad marcha, en muchas ocasiones, por delante de los propios gobiernos en proponer soluciones y alternativas a los problemas de hoy. Aunque se viva en el siglo XXI se utilizan unos instrumentos  políticos diseñado, en parte, para atender los problemas de la sociedad del siglo XIX. Existe la sensación muy extendida de agotamiento de un modelo de gobierno y de acción política.

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En todo grupo social se producen fenómenos de influencia entre sus miembros. Aunque pueda variar el modo, todos persiguen el mismo objetivo, modificar el comportamiento de unas personas a fin de conseguir unos determinados resultados como consecuencia de la influencia que otras personas saben ejercer. A este tipo  de fenómenos se ha denominado, de forma genérica,  liderazgo.

 Los fenómenos de liderazgo ocurren en todos los ámbitos sociales, de la misma manera que muchas personas tienen la capacidad de influir sobre otras para modificar sus conductas. En algunas ocasiones, algunas personas dedican toda su actividad a ejercer esta influencia; mientras que otras utilizan únicamente esta capacidad influencia en determinadas ocasiones o circunstancias.

 Además, toda época tiene sus líderes y se entiende el liderazgo de un modo particular. En un mismo momento coexisten diversas maneras de comprender estos fenómenos y ello es fuente de confusión en determinadas ocasiones. Especialmente cuando quieren vulgarizarse los de por si complejos conceptos propios del liderazgo.

 Los modelos de liderazgo y las tipologías de líderes han evolucionado a lo largo de la propia historia de la humanidad y el modo como se entendía el propio concepto de persona.  Así, existen modelos de liderazgo totalmente contrapuestos para el desarrollo de la libertad y la creatividad de los individuos. Hay un concepto del liderazgo potenciador de estas cualidades de las personas, y otros que resultan totalmente destructivos. Quizás estos últimos deberían someterse a una profunda revisión pues incluso ni merecen ser considerados como verdaderos liderazgos.

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El futuro y sus enemigos

Gracias al blog de Miquel Iceta he tenido conocimiento de la publicación del último libro de Daniel Innerarity “El futuro y sus enemigos”. Todo un hallazgo agradable. El subtítulo del libro “una defensa de la esperanza política” es toda una declaración de la intención y dirección de esta obra. Según dice Daniel Innerarity el libro quiere ser una contribución a la renovación de la manera de entender y realizar la política. Para el autor, el actual sistema político y cultural está totalmente volcado al presente inmediato. Esto hace que la relación con el futuro no se fundamenta en un proyecto por ello no hay espacio para la esperanza. Más bien se tiene miedo al futuro y se improvisan las actuaciones. La crisis de la Modernidad, o sus limitaciones, han dejado al pensamiento moderno sin capacida para anticipar el futuro.

Para salir de esta situación hace falta liberarse de la tiranía del corto plazo y abrirse hacia el horizonte que remite hacia un futuro razonable. La cultura política está instalada en el proceso y no en el proyecto. La anticipación tiene mal predicamento. Se actúa, a menudo, sin visión de prospectiva; más bien se hacen las cosas como reacción a los estímulos. La carencia de proyecto ata corto el presente. Delante de los vertiginosos cambios, se impone la cultura de la adaptación y la supervivencia. La esperanza es la gran damnificada de esta situación. Un golpe enterrados los grandes relatos sólo queda posibilidad por la preocupación desmesurada por el instante. Al faltar un proyecto de futuro, la política se limita a gestionar el presente.

Hace falta cambiar esta situación, dice Daniel Innerarity. Para hacerlo, defiende el optimismo y la esperanza ante la debilidad del futuro. La acción política tiene que hablar con sinceridad del futuro. Pensar sobre el futuro es anticiparlo. El futuro se construye desde el presente. Recomiendo con insistencia la lectura de este libro escrito con pasión y clarividencia. Virtudes muy propias de este pensador que cree firmemente, como en su tiempo lo hizo Ernst Bloch, que el futuro es esperanza.

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