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Archive for 17 septiembre 2010

El ataque a la utopía surge desde varios frentes. Sucede algo del que ya nos había advertido Juan N. García Nieto: “invocar a la utopía como un elemento inspirador para un proyecto social no es algo que esté mucho moda. Vivimos dominados, al menos aparentemente, por la cultura del eficaz, del pragmático, del verificable. En nombre de estas culturas se ha proclamado el requiem por las utopías” (García Nieto, J.N. “Un proyecto de sociedad en clave de utopía“. Cuadernos Cristianismo y Justicia nº 27, Barcelona, 1989 p.5). Ante tantos envites la utopía parece retroceder y esconderse entre las bambalinas de la historia. ¿Por qué?. ¿Será que no habremos sabido defender, con convicción e insistencia, que la utopía sigue siendo necesaria como aliento de la humanidad?. Me da la impresión que, en demasiadas ocasiones, muchos de nosotros hemos hablado y teorizado muy bien sobre la utopía, pero hemos fallado estrepitosamente al pretender hacer de la utopía una experiencia vital. Hemos vivido de la utopía, pero no hemos vivido en la utopía.

Los caminos para conseguir los inéditos viables son múltiples. Hacia ellos apuntan varias experiencias humanas que buscan, entre los acontecimientos del mundo, entonces de esperanzas que confirmen la validez del proyecto utópico. Los caminos son múltiples y ninguno de ellos resulta más privilegiado que el otro, si todos apuntan hacia el horizonte utópico común. De todos los ámbitos donde es posible contemplar la utopía frente a frente, me interesa hablar de uno de manera especial: la política.

La política es un espacio donde hacer posible una proyección viable de las utopías. Gracias a su entrega desinteresada muchos de nosotros comprendimos y comprendemos aun, cuando necesarias son las fidelidades y las convicciones en la actividad política. La política tiene que remitirnos a la utopía.

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He observado en más de una ocasión, el interés mostrado por algunos asesores en comunicación política para mejorar las capacidades comunicativas de los dirigentes políticos en su camino hacia el liderazgo. En estos casos, la solución propuesta consiste al sumergir al aspirante a líder en cursos de oratoria y de estrategia comunicativa. La mayoría de estas intervenciones formativas pretenden reforzar, o adquirir si es el caso, las habilidades de retórica que se supone tienen que dominar todo líder político. No obstante, en muchas ocasiones los asesores en comunicación política, no explican que la comunicación, a pesar de que pueda parecer paradójica, también comporta gestionar el silencio a fin de escuchar a los otros. Hay que aprender a escuchar. Todo buen líder político es una persona que sabe callar y escuchar.

Gay Talese, gran periodista norteamericano renovador del género de la entrevista, explica en su libro “Retratos y Encuentros” (Alfaguara) en que consiste la virtud de escuchar. Dice Talese: “Aprendí a escuchar con paciencia y cuidado y a no interrumpir nunca, ni siquiera cuando las personas parecían encontrarse en grandes apuros para darse a entender, ya que en esos momentos de titubeos y vaguedad (enseñanza que obtuve de las habilidades para prestar oído de mi paciente madre) la gente suele ser muy reveladora: lo que vacilan en contar suele ser muy diciente. Sus pausas, sus evasivas, sus cambios de tema repentinos son probables indicadores de lo que les avergüenza, o les molesta, o de lo que consideran demasiado íntimo o imprudente como para dejárselo saber a otra persona en ese determinado momento. No obstante, también oí a muchas personas hablar francamente con mi madre sobre lo que antes habían evitado, reacción que a mi juicio tenía menos que ver con la naturaleza inquisitiva de mi madre o las preguntas que les formulaba con prudencia, que con la forma gradual en que le iban aceptando como un sujeto leal en el que podían confiar. Las mejores clientas de mi madre eran mujeres que no necesitaban tanto trajes nuevos como satisfacer la necesidad de comunicarse”.

Los consejos de Gay Talese son perfectamente aplicables en el ámbito de la comunicación política. Especialmente en aquellos casos en que el dirigente político piensa que será más líder por su capacidad de hablar y hablar, y no dejar de hablar. Para ser un buen líder político hay que saber también gestionar el silencio.

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