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Los conocedores de las historias de piratas cuentan cuales son las diferencias entre piratas, corsos, bucaneros y filibusteros. De todas ellas, pienso que los bucaneros son quienes más definen el comportamiento de las denominadas agencias de cualificación. Los movimientos de S&P y Moody’s vuelven a poner en un brete la economía de algunos países.La S&P amenza en boicotear el acuerdo dela UniónEuropeapara salvar la economía griega y Moody’s vuelve a cargar contra el euro dudando sobre la solvencia de la economía portuguesa.

 

Estas agencias encarnan lo peor del sistema capitalista hoy. Este es una caricatura de la idea original basada en la creación de valor por parte de quienes emprenden una iniciativa empresarial. Las agencias de cualificación son un poder al margen de los poderes democráticos de la sociedad. La democracia, tal como la hemos conocido se ha transformado y sufre una importante crisis de legitimidad. Porqué, si bien sirve para organizar el sistema político, éste presenta importantes limitaciones para poder controlar nuevas fuentes de poder, entre las cuales se encuentra el poder económico y financiero global. Mientras los emprendedores, base de la legitimidad capitalista, están paralizados por falta de créditos; existe un poder financiero especulador que ahoga a las empresas y a la soberanía de los países. Hoy, gracias al comportamiento de las agencias, la ciudadanía ha descubierto la debilidad de la política. Es urgente volver a situar a la política en el centro de las relaciones humanas. De lo contrario, los bucaneros seguirán campando a sus anchas y abrirán el camino para que los corsarios hagan el agosto.

El ataque a la utopía surge desde varios frentes. Sucede algo del que ya nos había advertido Juan N. García Nieto: “invocar a la utopía como un elemento inspirador para un proyecto social no es algo que esté mucho moda. Vivimos dominados, al menos aparentemente, por la cultura del eficaz, del pragmático, del verificable. En nombre de estas culturas se ha proclamado el requiem por las utopías” (García Nieto, J.N. “Un proyecto de sociedad en clave de utopía“. Cuadernos Cristianismo y Justicia nº 27, Barcelona, 1989 p.5). Ante tantos envites la utopía parece retroceder y esconderse entre las bambalinas de la historia. ¿Por qué?. ¿Será que no habremos sabido defender, con convicción e insistencia, que la utopía sigue siendo necesaria como aliento de la humanidad?. Me da la impresión que, en demasiadas ocasiones, muchos de nosotros hemos hablado y teorizado muy bien sobre la utopía, pero hemos fallado estrepitosamente al pretender hacer de la utopía una experiencia vital. Hemos vivido de la utopía, pero no hemos vivido en la utopía.

Los caminos para conseguir los inéditos viables son múltiples. Hacia ellos apuntan varias experiencias humanas que buscan, entre los acontecimientos del mundo, entonces de esperanzas que confirmen la validez del proyecto utópico. Los caminos son múltiples y ninguno de ellos resulta más privilegiado que el otro, si todos apuntan hacia el horizonte utópico común. De todos los ámbitos donde es posible contemplar la utopía frente a frente, me interesa hablar de uno de manera especial: la política.

La política es un espacio donde hacer posible una proyección viable de las utopías. Gracias a su entrega desinteresada muchos de nosotros comprendimos y comprendemos aun, cuando necesarias son las fidelidades y las convicciones en la actividad política. La política tiene que remitirnos a la utopía.

He observado en más de una ocasión, el interés mostrado por algunos asesores en comunicación política para mejorar las capacidades comunicativas de los dirigentes políticos en su camino hacia el liderazgo. En estos casos, la solución propuesta consiste al sumergir al aspirante a líder en cursos de oratoria y de estrategia comunicativa. La mayoría de estas intervenciones formativas pretenden reforzar, o adquirir si es el caso, las habilidades de retórica que se supone tienen que dominar todo líder político. No obstante, en muchas ocasiones los asesores en comunicación política, no explican que la comunicación, a pesar de que pueda parecer paradójica, también comporta gestionar el silencio a fin de escuchar a los otros. Hay que aprender a escuchar. Todo buen líder político es una persona que sabe callar y escuchar.

Gay Talese, gran periodista norteamericano renovador del género de la entrevista, explica en su libro “Retratos y Encuentros” (Alfaguara) en que consiste la virtud de escuchar. Dice Talese: “Aprendí a escuchar con paciencia y cuidado y a no interrumpir nunca, ni siquiera cuando las personas parecían encontrarse en grandes apuros para darse a entender, ya que en esos momentos de titubeos y vaguedad (enseñanza que obtuve de las habilidades para prestar oído de mi paciente madre) la gente suele ser muy reveladora: lo que vacilan en contar suele ser muy diciente. Sus pausas, sus evasivas, sus cambios de tema repentinos son probables indicadores de lo que les avergüenza, o les molesta, o de lo que consideran demasiado íntimo o imprudente como para dejárselo saber a otra persona en ese determinado momento. No obstante, también oí a muchas personas hablar francamente con mi madre sobre lo que antes habían evitado, reacción que a mi juicio tenía menos que ver con la naturaleza inquisitiva de mi madre o las preguntas que les formulaba con prudencia, que con la forma gradual en que le iban aceptando como un sujeto leal en el que podían confiar. Las mejores clientas de mi madre eran mujeres que no necesitaban tanto trajes nuevos como satisfacer la necesidad de comunicarse”.

Los consejos de Gay Talese son perfectamente aplicables en el ámbito de la comunicación política. Especialmente en aquellos casos en que el dirigente político piensa que será más líder por su capacidad de hablar y hablar, y no dejar de hablar. Para ser un buen líder político hay que saber también gestionar el silencio.

La aparición de la Sociedad del Conocimiento ha transformado el entorno y las propias circunstancias condicionantes del ejercicio del liderazgo. Ante las rápidas transformaciones de los entornos económicos y sociales, la necesidad de una adaptación rápida de las organizaciones a estos cambios y las nuevas formas organizativas más difusas, junto con un peso mayor del conocimiento en el desarrollo de las actividades productivas y en la prestación de los servicios, obligan a repensar un nuevo papel al liderazgo.

La existencia de redes obliga a reformular las propias identidades estructurantes del concepto de líder. En las redes no hay lugares prominentes, sino nodos en los cuales suceden cosas y los cuales, en sus interacciones con otros nodos, dan sentido al conjunto. Esta visión traslada la reflexión del liderazgo y del líder a otra dimensión. Por ejemplo, más que hablar del líder, es más preciso abordar el tema desde la perspectiva de liderazgos que operan por medio de múltiples líderes situados en las redes. Líderes que son personas, grupos, comunidades, entidades, territorios o países. Con la Sociedad del Conocimiento los liderazgos y los líderes se difuminan por los intersticios de la sociedad y adquieren múltiples rostros y nombres. Actualmente, la Sociedad del Conocimiento promueve un modelo de liderazgo más orientado a movilizador energías; creador de horizontes de cambio y transformación;  creador de consenso y suma de voluntades. Las organizaciones, movidas por la necesidad de adaptarse a unas nuevas circunstancias, buscan en la figura de los nuevos líderes el puente entre el presente y el futuro, y confían que ellos logren dinamizar las organizaciones en su progreso continuo. El liderazgo, los nuevos líderes, se intuye imprescindible para movilizar el conocimiento de los miembros de una organización y desarrollar las metas de ésta.

 A lo largo de estos años se han ido consolidando diferentes maneras de entender el fenómeno del liderazgo. Según cual sea el enfoque adoptado en estos análisis se ha perfilado un determinado papel de líder y unas determinadas maneras de entender el liderazgo. A continuación se comentarán los enfoques que han presidido las teorías más comunes sobre el liderazgo.

A partir de los años setenta y hasta los años ochenta del siglo pasado los estudios sobre el liderazgo volvieron a orientarse hacia la cuestión de buscar rasgos de personalidad asociados a esta función. Aparecieron nuevos estudios encaminados a averiguar si existía algún tipo de relaciones entre las cualidades de las personas y la función de liderazgo. La mayoría de estos estudios llegaron a la conclusión de que la cuestión del liderazgo era un tema complejo, con importantes lagunas teóricas, pero muy clave para el éxito de las organizaciones.

 

Durante todo este período, aunque bajo diferentes ópticas de análisis, la reflexión sobre el liderazgo parece estar presidida por la idea de que un líder es, de alguna manera, una gran persona cuya actividad mueve la historia. Se trata de una visión heredera de las tradicionales propuestas mesiánicas de Thomas Carlyle y  de Ralph Waldo Emerson, pensadores del siglo XIX, que durante mucho tiempo habían condicionado las reflexiones iniciales sobre el liderazgo. Los puntos de vista de estos autores han influido en el imaginario colectivo sobre el liderazgo y los líderes. Su ascendencia ha sido notable en aquellos teóricos que han querido explicar el fenómeno del liderazgo a partir de los rasgos y características de quienes se suponen que son unos héroes o superhombres.

A partir de los años setenta y hasta los años ochenta del siglo pasado los estudios sobre el liderazgo volvieron a orientarse hacia la cuestión de buscar rasgos de personalidad asociados a esta función. Aparecieron nuevos estudios encaminados a averiguar si existía algún tipo de relaciones entre las cualidades de las personas y la función de liderazgo. La mayoría de estos estudios llegaron a la conclusión de que la cuestión del liderazgo era un tema complejo, con importantes lagunas teóricas, pero muy clave para el éxito de las organizaciones.

 

Durante todo este período, aunque bajo diferentes ópticas de análisis, la reflexión sobre el liderazgo parece estar presidida por la idea de que un líder es, de alguna manera, una gran persona cuya actividad mueve la historia. Se trata de una visión heredera de las tradicionales propuestas mesiánicas de Thomas Carlyle y  de Ralph Waldo Emerson, pensadores del siglo XIX, que durante mucho tiempo habían condicionado las reflexiones iniciales sobre el liderazgo. Los puntos de vista de estos autores han influido en el imaginario colectivo sobre el liderazgo y los líderes. Su ascendencia ha sido notable en aquellos teóricos que han querido explicar el fenómeno del liderazgo a partir de los rasgos y características de quienes se suponen que son unos héroes o superhombres.

Entre los años 60 y 70 del siglo XX el interés de los estudios sobre el liderazgo se centró, no tanto  en las características que ha de tener un liderazgo efectivo sino en los sistemas de gestión y los procesos de liderazgo. Se consideró que era más interesante saber o conocer que hacen los líderes más que lo que ellos eran. Los estudios se sofisticaron y se centraron en el análisis de las estructuras, las tareas y las asociaciones. Sorprendentemente, en estos años la palabra líder desaparece de los manuales de gestión y es sustituida por la palabra gestor. Durante estos años se llega a la conclusión de que el liderazgo es situacional y está sometido a numerosas contingencias. De tal manera que las diferentes situaciones requieren estilos de liderazgo distintos y, además, el liderazgo es más impersonal en lugar de estar asociado al comportamiento de unas personas concretas. Esta teoría del liderazgo, con algunas pequeñas modificaciones, ha llegado hasta nuestros días mediante la creencia de que son las circunstancias quienes hacen líderes a las personas.

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